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Ya en 2007 el Oscar® a la Mejor Película fue
para The Departed (Los infiltrados, 2006),
reconocimiento definitivo para Martin Scorsese, verdadero cultor
del género que nos ocupa. Ahora se avecina un nuevo film cuyo
título es American Gangster (2007) de Ridley
Scott, que plantea desde su título un término que ha estado
presente en el cine americano desde sus comienzos, en The
Great Train Robbery (Asalto y robo de un tren,
1903), el famoso cortometraje de Edwin Porter que muestra la
odisea de una banda de ladrones de trenes que es perseguida y
liquidada por una partida de jinetes. Son técnicamente gangsters
aquellos villanos de westerns que quieren adueñarse de las tierras
de la pobre heroína ignorante de que contienen yacimientos de
algún mineral rico; son gangsters esos archicriminales repletos de
secuaces que figuran episodio tras episodio en los seriales de
matinée; son gangsters los ladrones de ganados y los de bancos,
los supervillanos del cine de espionaje y los del cómic; son
gangsters los pandilleros del blaxploitation y los conspiradores
de la Roma Antigua. Ser gangster no depende del oficio, así el
Willie Stark político de All the King’s Men (Decepción,
1949) como el Johnny Friendly sindicalista de On the
Waterfront (Nido de ratas, 1954) son tan
gangsters como el Don Corleone de The Godfather (El
padrino, 1972)... pero veamos sus raíces mudas...
El padre del cine, D.W. Griffith, sentó un
precedente con The Musketeers of Pig Alley (1912)
donde un violento gangster que vive en un gueto de New York se
alía momentáneamente con la joven protagonista del corto. Algunos
filmes como Alias Jimmy Valentine (1915) y Outside the Law (Fuera de la ley, 1920)
comenzaron a mostrar a pintorescos marginados de la ley con los
que la masa inmigrante se podía identificar. Desde la otra orilla
del Atlántico surgían personajes (como el Dr. Mabuse de las
películas de Fritz Lang) que mostraban el submundo del crimen como
una organización tentacular con alcances insospechados. Algunos
(como el Fantômas de los seriales de Louis Feuillade), eran
auténticos héroes románticos. Esta interpretación del gangster
como héroe fue alentada por la ley Volstead, o Ley Seca, que
declaró ilegal la venta de bebidas alcohólicas en 1920. De esta
manera, el alcohol proporcionó un gran cúmulo de negocios al
hampa, ya que la única manera que las personas podían conseguirlo
era a través de contrabandistas.
De héroe romántico a "otro"
demonizado
Mientras en los años 20 el gangsterismo era una
forma de vida (y muerte) en las calles y guetos de las grandes
ciudades norteamericanas, el cine de Hollywood comenzó a pergeñar
un embrionaria nueva temática, en un intento por reflejar esta
cotidiana y sangrienta realidad. Fue Underworld (La
ley del hampa, 1927) de Josef Von Sternberg la primera que
puso en pantalla el esquema luego imitado en infinidad de
ocasiones, de mostrar una historia desde el punto de vista del
gangster, pero cuidando en todo momento de no generar dudas
morales ni éticas al público: vivir como gangster implicaba una
muerte violenta a corto plazo. Al año siguiente, The Racket
(La patota, 1928) de Rouben Mamoulian adoptó la misma
temática. Así, el gangster pasó a convertirse en ese Otro
demonizado de la sociedad americana que intentaba regarla con
alcohol y la terminaba manchando de sangre.
Receta del cine de gangsters
A partir de los varios centenares de filmes de
gangsters realizados entre 1929 y 1934 se podría elaborar una
potencial receta para escribir una buena película de este género:
1- Tomar elementos del argumento de los
titulares de los diarios.
2- Ambientar la acción en ciudades populosas de
las que se debe mostrar todo aquel lugar sórdido y lúgubre que no
perjudique la noción urbana.
3- Sembrar los diálogos de palabras presentes
en el argot de los maleantes.
4- Quitar al gangster protagonista todo rasgo
de moral, o invertir sus valores aduciendo un fundamento no muy
sólido (no sea cosa que su inmoralidad esté justificada).
5- Para que sus actos sean convincentes,
eventualmente, se puede dotar a la personalidad del gangster de
pasión exacerbada por el dinero (especialmente el ajeno) y su
temeridad en pos de obtenerlo puede estar potenciada por una falta
de amor propio y por conductas maniáticas.
6- Los elementos didácticos no deben estar muy
bien expuestos (especialmente cómo robar, cómo traficar licor
ilegal, cómo conseguir armas de fuego). De la misma forma, el
accionar de policías, detectives y agentes del gobierno carece de
los razonamientos deductivos que acompañan al cine de misterio e
intriga, prefiriendo buscar pistas a través de soplones.
7- Como una especie de reflejo inverso del
sueño americano, los gangsters también trepan hacia la cima
materialista del poder, pero a través de la violencia y la
traición. Para acentuar la figura, se puede adornar de mujeres
fáciles, joyas, autos y fiestas.
8- Coronar la acción con una explosiva
secuencia final (con tiros, claro está) en la que el gangster
obtiene una muerte violenta a la que ha de ponerse toda la
espectacularidad que el presupuesto permita.
Cine mudo: cuando las balas
no suenan
En los primeros años de este nuevo tipo de
películas (1927-1929), la letal crisis económica de los Estados
Unidos dio un marco de credibilidad a las historias de gangsters,
individuos casi siempre extranjeros, es decir inmigrantes, que se
aprovechaban de los beneficios que le da la democracia para
corromper los estratos morales de la sociedad. Los gangsters
conservaban sus costumbres nativas en los guetos en que viven,
incluso osando hablar su propio idioma y subestimando todo el
acervo americano. Para matizar, las películas solían mostrar
también las casas de los héroes, tipos familiares que observan la
moral y las buenas costumbres, siempre ejemplos de abnegación
cívica y devoción por el sistema democrático. Por aquella época,
también surgían criminales que no eran necesariamente inmigrantes,
que venían desde las montañas o el campo y que, quebrados al igual
que millones de norteamericanos sin trabajo debido a la crisis,
hacían del delito un modo de vida. El cine no hacía eco de estas
historias, sino, según la receta previamente explicada, ofreciendo
una y otra vez la saga del gangster urbano.
Llega el sonoro
Con
la llegada del sonido, las películas hicieron uso de todos los
trucos posibles que el adelanto ofrecía. Así que comenzaron a
tener música de jazz, sonidos de disparos, tableteo de
ametralladoras, chirridos de automóviles. Los maleantes hablaban
con acentos particulares y decididamente no americanos. A partir
de este nuevo elemento, las películas cobraron un interés popular
inédito hasta el momento y comenzaron a filmarse con la misma
celeridad que tronaban las ametralladoras. El gangster ya era
definitivamente ese lacónico "alien" que había saltado el océano
desde el Viejo Mundo, y cuya identificación étnica sugería un
factor sociológico que enmascaraba cierto racismo. Para acentuar
el mensaje, las historias de las películas se construían como
parodias del camino americano al éxito; cada fase en el ascenso de
un gangster tenía su equivalente en el progreso de cualquier
ciudadano. Así, la pantalla nos muestra innumerables
correlaciones. El pago de tributo (al Estado los impuestos, al
gangster la "protección"); el establecimiento de las reglas (del
Estado con las Leyes, del gangster con la repartición de
territorios, alianzas y tratos); la punición por la ruptura de
tales reglas (del Estado con la cárcel, del gangster con la
"ejecución"); y finalmente, el colapso (en un marco de derecho con
la quiebra, en el mundo del gangster con la balacera policial).
Establecimiento de los íconos
Y
con la llegada del sonido, a pesar de la avalancha de filmes, se
estrenaron tres títulos que ya en su momento fueron objeto de
especial atención por la crítica. Nos referimos a Little
Caesar (El pequeño César-filmada en 1929,
estrenada en 1930) con Edward G. Robinson como Cesare
Enrico Bandello, un gangster italiano en Chicago, The Public
Enemy (El enemigo público, 1931) con James
Cagney como Tom Powers, un gangster irlandés, y Scarface
(Scarface-filmada en 1930 y estrenada en 1932),
con Paul Muni como Tony Camonte, otro gangster italiano. Este tipo
de películas terminó de confirmar la relación directa entre
"extranjero disconforme" con delincuencia (recordar los casos del
sueco Joe Hillstrom y los célebres Sacco y Vanzetti). ¿Qué atraía
al público de estos filmes? La puesta en pantalla de ejemplos tan
directos del "mal camino" generaba dos placeres distintos y
equivalentes: por una parte, el del individuo contestatario y
disconforme, que observa aquellos puntos flacos del sistema, la
hipocresía y los prejuicios (todos los cuales perjudicaban al
gangster y eran suavemente postulados para motivar su accionar
delictivo); por otra parte, estaba el individuo conservador y
tradicionalista que disfrutaba con las muertes violentas de
hampones y asesinos, es decir, de aquellos considerados elementos
nocivos de su sociedad. Probablemente ambos espectadores gozarían
la imagen de Cagney machacándole el pomelo a Mae Clarke durante el
desayuno: el gangsterismo tenía sus pequeños gustos comunes a
todos los hombres... pero la desilusión, miseria e hipocresía del
sistema terminaba chocando contra la ambición, idealismo y
franqueza del gangster.
De gangsters a agentes de la
ley
Ninguna de estas grandes películas glorificaba
la imagen del criminal. Al final de Public Enemy, un
texto enunciaba "el final de Tom Powers (Cagney) es el final de
cada matón. El ‘Enemigo Público’ no es un hombre ni un personaje,
sino un problema que, tarde o temprano, NOSOTROS, el público,
debemos resolver". En tanto, la presión de la censura provocó que
el título de Scarface (archivada desde su rodaje en
1930) fuera cambiado a Scarface: the Shame of a Nation,
con el agregado de un prólogo moralizante. La Liga de Decencia
inició una campaña contra estas películas, a las que consideraban
vulgares y promotoras de violencia. Judíos y protestantes se
unieron a la Liga (católica) para boicotear al cine de gangsters,
consiguiendo el aval del todopoderoso William Randolph Hearst, que
volcó a la Prensa contra Hollywood. Los productores vieron de buen
grado la aprobación del Código Hays (un código de censura
autoimpuesto) y la presión conjunta provocó que en 1934 al cine de
gangsters le bajara la temperatura, mientras que comenzó el
interés por las películas de guardianes del orden. La "Ley Seca"
había sido abolida en 1933 y el gangster contrabandista de licor
se convirtió en una estampa del pasado. De esta manera, los
estandartes del género, Cagney y Robinson, se pasaron al otro
bando, uno convirtiéndose en agente del FBI para G-Men
(La patrulla implacable, 1935) y el otro en detective
de policía infiltrado entre hampones en Bullets or Ballots
(Votos o balas, 1936). Para colmo, muchos de los
aditamentos del cine de gángsters, como prostitutas,
estupefacientes, armas automáticas, muertes violentas, ya no
podían estar presentes en la pantalla. El código establecía que
las películas no podían siquiera insinuar ningún atractivo en el
tipo de vida de los maleantes, debiendo sus actividades ser
siempre castigadas con todo el rigor de la ley.
Los gangsters se redimen
Promediando
la década, la productora Warner (que poseía bajo contrato a Cagney,
Robinson y al duro Humphrey Bogart) reincidió con las historias de
gangsters, produciendo dos influyentes joyas del cine:
Angels With Dirty Faces (Ángeles con caras sucias,
1938) y The Roaring Twenties (Héroes
olvidados, 1939). En la primera, Cagney era nuevamente el
gangster, aunque (son tiempos modernos) se le permite una difícil
redención final que tiene su precedente en Manhattan
Melodrama (Por sendas distintas, 1934) en la
que al gangster Clark Gable le tocaba sacrificarse en el patíbulo
por su amigo de la infancia, el fiscal William Powell. En esta
etapa, el gangsterismo ya no es mostrado como la contracara de la
cultura americana sino como un problema de desviación social. Con
el fin de reforzar la figura, Cagney (el gangster) es el
antagonista de un sacerdote (Pat O’Brien) (¿qué mejor elección de
personaje para oponer el Bien contra el Mal?). Era la época en que
Al Capone ya estaba tras los barrotes (de Alcatraz, ni más ni
menos) y el gobierno del presidente Franklin D. Roosevelt ya había
iniciado el camino hacia la recuperación económica. El tema social
estaba presente con el grupo de niños que vive obnubilado por las
"hazañas" del Gangster. Y éste, un personaje que ya estaba en
crisis por la ausencia del negocio que implicaba la Prohibición,
moría fingiendo ser un cobarde para no dejar ningún buen ejemplo a
los niños del vecindario, que buscan la guía del Cura (todo un
mensaje moral!).
Los gangsters en retirada:
Adiós a una época
Para
la época de The roaring twenties, la II Guerra Mundial
preanunciaba un cambio radical de paradigma. Las películas ya nos
venían mostrando al gangster como dinosaurio viviente que vivía en
un perdido mundo ilusorio. The Petrified Forest (El
bosque petrificado, 1936) y Dead End (Punto
muerto, 1937) dieron esa imagen del gangster (Humphrey
Bogart). En The Last Gangster (El último
bandido, 1937), Edward G. Robinson encarnaba a un ex zar
del crimen que, después de diez años a la sombra, tenía que
adaptarse a los nuevos y cambiantes años ’30. También
Roaring Twenties mostró una trama en retrospectiva que
arrancaba desde el final de la I Guerra Mundial. Estos nuevos
filmes enfocaban el asunto desde una óptica menos sensacionalista,
menos violenta y, tal vez, más romántica. Las resoluciones también
eran más optimistas (de hecho, ya no tenían rótulos moralizantes
impuestos por obligación). Sin embargo, eran películas de ocaso,
de choque entre el pasado reciente y los nuevos tiempos. La II
Guerra no solo sepultó a esta segunda saga de filmes de gangsters,
sino que generó el perfecto escenario de desarrollo de un nuevo
género, el Film-Noir, que intentó mostrar con más agudeza esa
"otra cara" del Sueño Americano.